sábado, 12 de marzo de 2016

El bosque

La oscuridad nace de nuestros corazones, no es más que la representación de nuestro miedo. Rápidamente te envuelve, no te permite escapar. No es una prisión corporal, sino mental, algo mucho más terrible. El cuerpo es pasajero, cuando miles de gusanos se dan un festín con nuestros putrefactos ojos nuestro ser sigue, encerrado en una eterna tortura. Una parábola cíclica, cuya única intención es castigar nuestros pecados, porque todos somos pecadores, nadie puede tirar la piedra, y todos lo hacemos. Estamos corruptos y mancillados. Somos escoria, todos y cada uno de nosotros, el mundo será más feliz cuando la humanidad esté muerta y todos nademos en la imperiosa oscuridad nacida de nuestro horror.

En las puertas del infierno está escrito: ¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza! Preciosas palabras que enmascaran un destino horrible. El Príncipe nos conoce perfectamente, conoce los miedos y se ríe de los sueños. Sabe el cómo y el por qué, y como aprovecharlo.

Al oscuro delirio del torturado le preceden periodos de lucidez. Tiempo para pensar. El Príncipe sabe que somos nuestros mayores enemigos, no hay nadie que nos odie como lo hacemos nosotros. Odiamos nuestro pasado, nuestro ser. Poco falta para que caigamos de nuevo en sus ardientes garras, regresando de nuevo al terrible mundo onírico del que no podemos escapar.

Los descansos son lo peor, todo resto de alegría hace tiempo que desapareció, y la consciencia me hace recordarlo. Aquí me encuentro, a la espera de la salida del tren, que me devolverá a mi reiterativo viaje, recordando como me odio, nunca debería haber existido. Me muerdo las muñecas, me arranco trozos de carne, deseando morir, pero nunca llega. Infinita sangre mana de mi cuerpo, cual macabra fuente me recuerda que estoy aquí por siempre, soy un preso de mí mismo.

Mi onírica tortura siempre ocurre igual. Un oscuro bosque de árboles altos y hojas negras, tan espesas que no dejan ver el cielo. Coronadas con afiladas espinas, hojas secas cubren la totalidad del suelo. Sobre aquella siniestra manta de púas me despierto, desnudo. Cada movimiento me arranca partes de piel, me provoca magulladuras. Cada paso es un suplicio, una pequeña tortura en sí misma.

Entonces me doy cuenta de lo que me rodea. Grotescos esqueletos de madera nacen de la corteza de cada uno de los árboles. Sus cuerpos anclados a los troncos vibran al son de una desagradable ópera, que todos al unísono cantan, compuesta de horribles y agudos chillidos, de aterradoras voces desagradables que atraviesan los tímpanos. No puedo más, me sangran los oídos. Aquella monstruosa canción me atraviesa el cerebro y se ancla en mi ser, aterrándome.

Henchido en furia asesto un puñetazo al cráneo del esqueleto que se encuentra más cerca. Su cabeza explota en mil pedazos, esparciendo trozos de madera hacia todas direcciones. Pero no sirve de nada. Millones de esqueletos siguen chillando, la ópera no cesa, no lo hará mientras yo esté allí.

Vago durante horas por el bosque, o quizá días, no sabría decirlo, la luz es siempre la misma. Hacia el horizonte tan solo se ven árboles, y esqueletos, que cantan sin cesar. A pesar del tiempo me es imposible acostumbrarme a sus cánticos. Cada vez son más desagradables. Estoy al borde de la locura, me tiro al suelo y lloro. Mis lágrimas caen sobre el suelo de espinosas hojas, mezclándose con la sangre que dejo a mi paso. Me doy cuenta de que son uno solo, lágrimas y sangre, son lo mismo.

Algo me llama la atención, una discordancia en la canción, una voz de mujer. Dulce y armoniosa, sobresale sobre todas las demás. Necesito saber de dónde viene, quién la emite. Y no tardo en encontrar la respuesta. En uno de los árboles, del mismo material que los esqueletos, sobresale una mujer. Su cuerpo desnudo, tallado en madera, se bambolea, pero siguiendo otro ritmo, su propio ritmo. La miro, de arriba a abajo, admiro su belleza, su perfección, y ella me observa. Con un grácil movimiento se inclina ante mí, y me dice lo siguiente:

-Tras tanto tiempo te he encontrado. A ti, al perdido, mi deseo. Tú también me deseas, estoy hecha para ti, podemos ser uno, juntar nuestras almas para siempre. Quiero ser parte de tu corazón, quiero liberarte de este infierno, quiero que vengas conmigo, que seamos libres. Tan solo necesito una palabra amable de tus labios, una muestra de tu amor. Dime algo y podremos ser felices, estar juntos. Por siempre.

Rápidamente voy a contestar. Una palabra amable, cualquier cosa. Te necesito, eres mi última esperanza.

Pero no puedo hablar. Mis labios están sellados, un fuerte alambre los atraviesa múltiples veces, impidiéndome abrir la boca, emitir sonido alguno. Intento arrancarlo, con todas mis fuerzas. La roja sangre mana de mi boca, un agudo dolor se extiende por toda mi cara, pero es en vano. El alambre no cede. Buscando ayuda hinco mis ojos en los de la mujer, esperando que me comprenda, intentando transmitirle que la necesito, pero solo recibo cuatro palabras, cuatro míseras palabras que duelen más que todas las espinas, que todos los alambres:

-Pensé que me querías.

Con un rápido movimiento me hunde la mano en el pecho, y arranca mi corazón. Horrorizado observo cómo me arrebata mi último rasgo de humanidad. Su cara muestra indiferencia, la indiferencia que se da a alguien que no te aprecia. Aprieta el puño, reventando así mi seccionado órgano. Caigo de rodillas, el pecho me arde, mi cabeza da vueltas y quiero llorar, pero no puedo. Ni una sola lágrima aparece en mis ojos. Tan solo puedo observar con angustia cómo ella sale del tronco del árbol, y empieza a caminar, alejándose de mí, poco a poco, hasta que desaparece en el horizonte, dejándome solo en un mar de cánticos, sangre y pinchos.

Y todo se repite...

© Adrián Gutiérrez - 11/03/2016

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