jueves, 4 de febrero de 2016

Me cago en Dios

Joder si estoy loco. La locura ya es parte de mí, no puedo esquivarla, cual lapa se halla pegada a mi ser. Pero no me importa, he aprendido a apreciarla tal cual es. Me gusta rodearme de ella, que guíe mis movimientos. Mi vida es mejor desde que está conmigo, ahora soy capaz de ver, de ver lo que los demás ni imaginan. No me importa lo que piensen, no me importa lo que digan ni lo que hagan, eso no me detendrá. Pasaré por encima de ellos, ellos no son relevantes, no son capaces de  ver lo que yo veo. ¿No me convierte a mí eso en el cuerdo en un mundo de locos?



A decir verdad, la respuesta me es indiferente. Si el mismo Yahveh bajara su maldito culo del cielo para recriminar mi actitud no recibiría más que un corte de mangas. Ya he rechazado toda posibilidad de salvación. Si realmente Dios es justo, nunca me dejaría entrar en el paraíso, y si me dejara, nunca lo aceptaría. Escupiría en las botas de San Pedro y me bajaría a los avernos, donde la tríada demoníaca estaría dispuesta a ofrecerme el castigo que tanto merezco.

Estas líneas que escribo serán mi testamento. No tengo nada que dar, ni nadie a quien dárselo. Pero quiero ofrecer a la humanidad una puerta a mi locura, una locura que lleva acumulándose en mi interior desde hace ya 2 años. Desde que todo empezó.

Ya me he deshecho de la carga, acabo de arrojarla al río. La cabeza del arzobispo beberá ahora junto a los peces para siempre. Me he asegurado de que Dios mirara mientras se la cortaba. Le he dejado rezar y suplicar. He visto como ese cerdo le suplicaba a él ayuda y a mí clemencia. Ninguno de los dos hemos escuchado. Un seco golpe en la cabeza ha acabado con su ridículo lloriqueo. No creerá tanto en el paraíso cuando teme a la muerte. Con ayuda de mi serrucho rajé su arrugado cuello, poco a poco, esperando. Esperaba una señal divina, un rayo repentino de luz, una paloma blanca,... algo que me hiciese parar, que le salvara la vida a aquel desgraciado. Nada. Dios no es más que un puto fascista, nos obliga a todos rendirle pleitesía, amenazándonos con su eterna tortura pero, ¿sabéis que? Ni un maldito dedo movió para salvar a uno de los suyos.

No busco reconocimiento, ni ser odiado. No busco convertirme en un mártir de aquellos hipócritas que afirman no creer en nada. Dios existe, pero nos odia. ¿De dónde si no procede la maldad del mundo? Es un cabrón sin escrúpulos. Le encanta vernos peleándonos, matándonos. A unos se les aparece bajo el pseudónimo de Yahveh, a otros como Alah, y les pide que luchen entre ellos. Hace creer a ambos que su causa es la justa. Pero ninguna lo es, solo la sangre le satisface.

Pues tendrás mi sangre. Tengo la escopeta cargada. En cuanto termine esta carta pienso volarme la cabeza. No pasaré por el cielo, me voy directamente al infierno.

Con mi hija.

Esa a la que tú mancillaste. Esa a la que prohibiste el acceso a los cielos, por haber perdido la pureza. Esa que a sus 8 años, uno de tus queridos curas raptó y deshonró, para después deshacerse rápidamente del objeto de su pecado. Pero eso a ti te da igual. Su cuerpecito abandonado en el bosque no te dice nada. Su alma en los infiernos es una más. Y tu querido cura ya se ha arrepentido, teniendo libre su billete al paraíso.

Tú me robaste a mí hija, yo te quito a tu arzobispo. Está muy lejos de ser justo, pero con eso me contento.

Te odio. Odio tu existencia. Odio que me crearas. Odio a todo el que te venera. Odio toda tu creación. Odio a tu hijo y a tu paloma.

Pero solo yo lo veo. Solo yo veo tu maldad, tu ira y tu crueldad. Tendrás a miles de ovejas en tu rebaño, rezándote, siguiéndote, admirándote. Miles de ridículas ovejas con las que podrás jugar cuanto quieras, de las que podrás reírte y a las que matirizarás. Nunca te faltarán niñas como mi hija, de las que puedas abusar. Tendrás tus juguetes, por los siglos de los siglos.

Si se me permite me voy a los infiernos, con mi pequeña Ana. Seguro que será todo un paraíso.


©Adrián Gutiérrez - 04/02/2016
Este relato ha sido escrito sin ánimo de ofender
a nadie y con un propósito meramente lúdico.

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