jueves, 28 de enero de 2016

Cuando me volví contra mí

Hace escasos días sucedió algo que me hizo plantearme el mundo, o más que el mundo, la gente que en él habita. El suceso en sí es efímero, algo sin importancia alguna, pero me sirvió como un hilo colgante en el interior de mi mente, del que pude tirar, escapando así de las garras de Uróboros que controla mis pensamientos. Un ciclo sin fin de pensamientos que se relacionaban para ver cómo la gente desperdicia su tiempo en tareas vanas, pensamiento que, a su vez, realimentaba mi ego, haciéndome ver cada vez más alta y contrastada la línea que separa lo bueno de lo malo, en el sentido artístico de estas palabras.

El suceso en cuestión tiene que ver con el PS Plus. Para los aún cuerdos que están alejados de las garras de Sony, PS Plus es una suscripción mensual de PlayStation para poder aprovechar las funcionalidades online de los juegos de su plataforma. Para que este sacacuartos no sea tan evidente, cada mes que estés suscrito te regalan un par de juegos.

Andaba yo sin mucha fe por la suscripción cuando Sony eligió la mejor baza que tenía para atraer incautos dentro de mi círculo intelectual. Uno de los juegos que regalaban el mes de enero fue Grim Fandango.

A pesar de no haberlo jugado jamás la noticia me sorprendió de sobremanera. Este juego es un ya considerado juego de culto por gran parte de los amantes de las aventuras gráficas, e incluso de las jugadores en general. Pero por encima de todo es una de las obras magnas del bardo inmortal Tim Schafer. Para mí, como amante de la mente creativa de Schafer no pude sino emocionarme por la noticia, adquiriendo rápidamente un mes de PS Plus, cual si las copias virtuales fuesen a acabarse. Para mí Grim Fandango era la obra prima que nunca pude disfrutar de ese autor al que considero un genio.

Al rato de jugarlo, y con el mismo cumpliendo todas las expectativas, decidí tomar un alto en el camino. Condicionado a apreciar un ambiente agradable me dispuse a leer los comentarios que la gente puso en la noticia oficial de Sony donde se anunciaba la llegada de dicho título al Plus.

Lo que vi me dejó anonadado. Me froté los ojos cual si quisiese sacármelos de las órbitas, cual si todo lo visto hubiese sido una alucinación, una broma pesada de mi cerebro. Pero nada más lejos de la realidad. Era todo cierto. Tristemente cierto.



El desconcierto ocupaba mi mente. Poco a poco éste fue transformándose en enfado, que a su vez se hizo ira. Esta ira se apoderó de mí, y tuvo que salir por algún canal. Aquel día descargué amablemente mis impresiones sobre el consumidor medio de videojuegos, su influencia en las empresas y sus madres.

Pasadas las horas, ya más calmado, apreció una nueva idea en mi mente. Una idea que mi subconsciente quiso rechazar antes de que yo me diese cuenta de su existencia, pero yo fui mas rápido. Luchando contra las oscuras garras que se la llevaban la traje ante las cámaras y la echufé con los focos, esperando a ver qué tenía que decirme. El mundo real desapareció, tan solo quedábamos la idea y yo. Duramente la observé y ella, tímidamente, solo dijo una frase ante el cristal desde el que la observaba:

"¿Y si eres tú el raro?"

Ofendido, la aparté rápido de mi vista y mandé ejecutar, de la forma más cruel posible. Pero ese cobarde acto no me libró de aquella frase. Rompí el escenario, destrocé las cámaras, pero no sirvió de nada. El programa estaba grabado y repitiéndose en bucle:

"¿Y si eres tú el raro?"

No podía ser verdad. El concepto es absurdo. ¿Soy yo raro por querer historias complejas? La grabación repitió de nuevo:

"¿Y si eres tú el raro?"

¿Soy yo el raro por querer mundos novedosos? La voz no tardó en replicar:

"¿Y si eres tú el raro?"

¿Soy yo el raro por amar los clásicos de otros tiempos? La respuesta fue rápida y clara:

"¿Y si eres tú el raro?"

Caí al suelo, derrotado. Me miré las manos, manchadas de la sangre de Ubisoft y Konami, a los que tanto me he empeñado en herir. Aquellas manos redentoras, que operaban por un bien mayor, por un intento de alcanzar un conocimiento absoluto. La definición del bien y el mal. De lo que es bueno y puro y lo corrompido.

"¿Y si eres tú el raro?"

Una hermandad de asesinos decadente apareció ante mí. Con sus trajes blancos me miraron. La misma hermandad a la que yo había estado empeñado en odiar. ¿Por qué? No lo se.

"¿Y si eres tú el raro?"

De repente me sentí solo. La oscuridad me rodeó entre sus brazos, no había nadie alrededor. Nadie que pudiese apoyarme, nadie que me sacase del horrible lugar en el que me había embarcado. Nada más que una voz, una voz que repetía sin cesar una frase, cual si de un mantra se tratase. Una frase hiriente que perforaba hasta lo más profundo de mi seco corazón:

"¿Y si eres tú el raro?"

Supongo que no estoy hecho para este mundo. Un mundo lleno de historias genéricas. Un mundo de vampiros brillantes y llamadas del deber. Un mundo donde los dioses cósmicos, padrinos italoamericanos y los hermanos mayores no tienen cabida. Un mundo donde hay que seguir el círculo, donde las tangentes son rechazadas. Un mundo en el que los coches transformables aplastan sin piedad hoteles en Budapest. Un mundo en el que, definitivamente, no creo que quiera vivir.

¿Y si soy yo el raro?

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