sábado, 12 de diciembre de 2015

Aquí Mando Yo

Lo que me gusta de la literatura es que ofrece al escritor poderes divinos. Yo, como autor, puedo jugar como se me antoje con la vida de los desdichados personajes que caigan en mis manos. Existen por y para mí y dejarán de existir cuando me canse de ellos. Jugaré con sus sentimientos, hurgaré en su mente, corromperé su cuerpo y finalmente les despeñaré por un barranco que aparecerá bajo sus pies por el mero uso de mi palabra. Estoy por encima de toda moral y ética, yo decido el bien y el mal, yo impongo los castigos y reparto los premios, yo decido la razón de su ser y el camino a su perdición. Ellos nunca sabrán que su vida pende de la cuerda sostenida por mis caprichos, los caprichos de un dios malvado que sobrepone su historia al bienestar de su creación.

En mi caso han tenido la peor de las suertes. Yo ni siquiera pretendo contar una historia, les voy a  martirizar por simple placer. Os presento al pequeño Timmy. Timmy tiene el pelo rubio y unos ojos azules que destacan en su pecosa cara. A pesar de tener 13 años, el pequeño Timmy no existía hace escasos segundos. Repentinamente Timmy recuerda que tiene una madre,... y un perro llamado Toby. Curiosamente Timmy no recuerda nada sobre la década que ha vivido. Lo cual no es de extrañar, ya que yo no le he provisto de ese conocimiento. Timmy solo sabe que tiene a su madre y a su perro. En realidad ni siquiera conoce el nombre de su madre. Pero esto a Timmy le trae sin cuidado. Además, ¿para qué puñetas necesita su madre un nombre? ¿No basta con que la llame mamá?

La cuestión es que a la madre de Timmy se le olvidó dar de comer a su perro Toby. Toby es el único de la familia que se alimenta. El hecho de que Timmy y su madre coman no ayuda a avanzar en la trama, así que simplemente no comen. Esto no significa que estén hambrientos, simplemente no se conciben a sí mismos comiendo. Comer es cosa de perros.

La cuestión es que, como os comentaba, la madre de Timmy olvidó llenar el cuenco de Toby, y este se pasó el día entero sin probar bocado. A pesar de ser un perro, Toby estaba comprensiblemente molesto con sus dos compañeros de relato, que le habían privado de su único vicio. Además solo existían ellos tres en el mundo en aquel momento espacio-temporal, ¿tanto les costaba acordarse del pobre Toby? En un futuro podría empezar a existir más gente, o incluso podrían aparecer personas pasadas que ya no existieran, y cuya única señal de su existencia intangible fueran apuntes o restos que condujeran la trama. Pero nada de ello había ocurrido. Lo único que sabía Toby es que, de alguna forma se habían olvidado de él. Decidió entonces que si quería comer tendría que sacarse él mismo las castañas del fuego. Sin más dilación se dirigió al sótano donde la madre de Timmy guardaba la bolsa de comida de perro que le correspondía por derecho.

El sótano estaba oscuro y ponía los pelos de punta incluso a un valeroso can como Toby. En otro relato este mismo sótano había estado hasta arriba de espectros, fantasmas y toda clase de criaturas del inframundo. Pero al final de la historia fue exorcizado y sus protagonistas volvieron a ser felices, así que no había nada que temer.

Finalmente Toby halló lo que buscaba. La bolsa de 10 kilos de comida para perro El cancerbero feliz se hallaban frente a él. Sin pensárselo un instante empezó a devorar tan delicioso regalo.

Pero la mala suerte había acompañado a Toby, descubriendo que la madre de Timmy llevaba observándole desde que llegó. Lo que de verdad mosqueó a la madre no es que Toby estuviese robándole comida sin su permiso, ni siquiera que se hubiese saltado la prohibición de  no bajar al sótano que acababa de aparecer en su mente. Lo que realmente le molestaba es que Toby hubiese empezado a comer sin tan siquiera bendecir la mesa. Eso le sacaba de quicio hasta tal punto que tenía que castigarlo. De modo que la madre de Timmy agarró una sartén que había en una de las estanterías. No había ninguna razón real para que hubiese una sartén en el sótano, tan solo su conveniencia. Pero daba igual, porque antes de que a nadie le diese tiempo a plantearse este dilema metafísico la madre de Timmy ya le había destrozado el cráneo a Toby a base de sartenazos, acabando con la vida del fiel perro milésimas de segundo después del vigésimo tercer toque de gong sobre su cabeza.

Timmy, que se dio cuenta de lo que pasaba al oír las campanadas, bajó rápidamente al desván. Al ver la maravillosa escena a Timmy le sobrevino una increíble felicidad. Sintió cosas que nunca antes había sentido, y decidió que tenía que abrazar a su madre. Pero Timmy no quería darle un abrazo normal, como los que se daban a diario, ya carentes de significado. Timmy quería que su abrazo le llegara a su madre al corazón. De modo que sacó la navaja que le regaló su padre, ya fallecido por los estragos de la guerra. Timmy pensó que la mejor forma de llegarle al corazón era arrancándoselo de su pecho y abrazando al inerte órgano una vez separado del resto de su cuerpo, que no servía para nada más que estorbar.

La madre de Timmy, que no terminó de captar las buenas intenciones en la actitud de su hijo, vio que no sería capaz de defenderse del mortal abrazo con tan solo una sartén. Imploró a algún dios que la salvara. Como por una máquina movida por los dioses cayó desde los cielos la Lanza de Longinus, un artefacto celestial con la que su mamá atravesó el pecho de Timmy, provocándole una escisión en el pulmón que, tras una tortura de 4 horas, terminaría acabando con su vida.

A la madre de Timmy le hubiera encantado quedarse a ver la muerte de su hijo, pero su agonía duró demasiado. Murió cuando su madre había salido a comprar una bombilla para la luz del baño, que se había fundido. Nunca le perdonará a su hijo que no le diese un toque al teléfono móvil antes de exhalar su último suspiro. Menudo egoísta, no le costaba nada avisar. Se había perdido un grande e irrepetible momento en la vida de su hijo.

Años después la madre de Timmy falleció de salmonelosis, por ejemplo.

©Adrián Gutiérrez - 12/12/2015

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